lunes, 5 de mayo de 2014

Sobran las palabras.



Esas sonrisas, esas miradas alegres... Cuando veo cosas así no puedo evitar pensar en perderme por aquellos lugares, viajar hasta allí y quedarme con ellos, en parte debido a innumerables motivos que la sociedad actual no sabe apreciar. 
No conozco sus costumbres ni su forma de vida, pero es evidente que necesitan mucho menos que nosotros para ser felices, disfrutan de cualquier cosa por pequeña que sea, y conocen mejor que nadie los sentimientos y emociones que nos distinguen de las máquinas actuales, a las cuales, cada vez -a pasos agigantados- nos parecemos más.

Escribo esto porque una -entre muchísimas- de las cosas que dejamos escapar en nuestro día a día, es tener la oportunidad de que alguien nos enseñe realidades de un mundo al que acabamos de aterrizar, de un mundo que continuamente sufre cambios y que en parte podemos modificar. Y nosotros en nuestro "primer mundo", obviamos esa oportunidad, mientras ellos caminan terribles distancias para poder disfrutar de tal privilegio. La verdadera satisfacción de un profesor seguro que se encuentra allí, entre esas paredes de madera a medio construir, con el mero material de trabajo que una imaginación que desea ser excitada y puesta a prueba.

En un principio se puede pensar que ellos van más atrasados, que se perdieron nuestros avances y se quedaron atrás, entre unas cabañas de madera perdidas en medio de la sabana. Pero deteniéndonos al menos un segundo, empezamos a entender que, a pesar de sufrir hambre, guerras y las terribles enfermedades, ellos han encontrado el mejor antídoto de todos: La felicidad. Una felicidad que hoy en día escasea y que la gran mayoría evita inconscientemente desde que sale el sol hasta que se pone. Ellos son capaces de exprimir la vida,  de aprovechar el tiempo y explotar los bellos detalles que la naturaleza nos ofrece; y todo mientras nosotros buscamos problemas donde no los hay, mientras creamos necesidades innecesarias, mientras corremos tras un futuro que nunca llega.

Que nos contagien un poco de su humilde alegría, que a pesar de sus inhumanas situaciones, nos enseñan cada día a nosotros, sus alumnos, que vida hay solo una, y que nunca está de más saber aprovecharla.

Raúl.

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