domingo, 18 de mayo de 2014

Hamster.

Me siento sobre el escritorio y le observo. Recapacito, y tras un breve tiempo comienzo a sentir lástima por él. Ese pobre roedor, a parte de estar entre unos barrotes, jamás sabrá dónde ha estado, ni si quiera es consciente de que ha formado parte de este mundo que constantemente nos brinda con grandes momentos.
Y es que, por mucha lástima que sienta por él, ese diminuto animal nunca podrá sentir el tacto de una suave melodía, como la que ahora se pasea por mis oídos regalándome esta sensación de profundo bienestar. Nunca disfrutará de los olores, solo sabrá que están ahí, pero no podrá sacarles provecho. Nunca sabrá lo que es que te partan el corazón, ni disfrutará del beso por el que tanto tiempo peleaste. Nunca recordará una bella puesta de sol ni la sensación del viento golpeándote la cara mientras corres, libertad dentro de una sociedad colapsada. 
Jamás disfrutará de una ducha tras un día agotador, ni podrá mirar alrededor y ver gente a la que quiera y que le quiera, con la que escapará de situaciones embarazosas y compartirá los mejores momentos de su día a día. No sabrá lo que se siente una mañana tranquila, con el único despertador que unos rayos de sol o el cantar de los pájaros. 
En su corta vida comprobará lo que reconfortan los abrazos de un hermano, la sonrisa de una madre y la palmada de un padre. No sabrá en qué se basa una amistad de verdad, pero tampoco verá cómo alguien se te escapa sin poder evitarlo. Nunca sabrá del éxito, de la superación o de acabar un proyecto empezado. 
Dejará este mundo sin haber volado, sin haber buceado bajo el agua, sin lanzarse al vacío por un tobogán o sin degustar una buena tostada de Nutella.

Pobrecillo, nunca se acostará escuchando la lluvia golpeando el cristal, ni encontrará dinero en un pantalón viejo. Tampoco dejará volar las mariposas que despegan tras el primer beso, ni sabrá lo que es hacer feliz a las personas que quieres. Nunca dejará su imaginación en manos de una buena película, ni sabrá de la verdadera felicidad de un helado en verano.

Y, a pesar de todo, ahí sigue, moviendo el hocico como si fuese a encontrar algo importante, trascendente. Quién sabe, quizás solo esté buscando todo aquello que nosotros dejamos escapar cada día, cegados por las prisas, el agobio y una sociedad que procura hacerte olvidar todo lo que arriba se expone.
Buenas noches.


No hay comentarios:

Publicar un comentario